lunes, 9 de abril de 2012

Inspiración poética

PRIMAVERA


Angélica
Recuerdos de abril


El aire se ha estallado
en flores y suspiros
y todos los amantes
sueñan pájaros, flores
Y nidos.

En las lilas rosadas,
del florido jardín,
charlan dos pajaritos
su alboroto infantil.
Junto al rosal, dos niños
dicen diminutivossin fin.........

En la luz de primavera se baña el mundo,
como un baño de rosas al atardecer.

Reverdece la vida como un lilar color de crepúsculo.
Reflorece vida suave, muy suavemente,
con caricias de brisa y sol, y nubes algodonadas.

Este aroma tan tenue que nos invade el cuerpo
como una gracia suave que nos bañara el alma,
es la voz de la vida que despierta para el amor.

Las voces infantiles se hacen más infantiles
bajo la gracia ingenua de estas mañanas azules y blancas.

Las charlas amorosas se hacen más sensitivas
en la limpieza fresca de estas tardes con flores.

Las voces de los pájaros en sus vuelos rizados
tienen la gracia clara de un ingenuo empezar.

El amor se remanga sin espasmos nerviosos
debajo de los azules más azules del cielo.

Es el amor más limpio; es el amor más puro,
es el amor más niño en la gracia intangible de la primavera.

Y la pasión, ¿dónde anda cuando hay rosas carnales
y brotar de capullos con lujuria de la vida?.

Andará volando su peregrinaje
por las almas sin cuerpo.

Primavera, estación de la vida, donde pára la vida su exceso
porque tiene besos, flores y pájaros,
y sonatas del aire, rimas sentimentales.

Se pára la vida sobre cosas. Se pára el amor sobre las cosas
y se limpia de toda la escoria de los nervios en las mañanas tibias
y en los atardeceres místicos de la primavera.

Primavera, pluma de cisne que suavizas el amor.......



Enrique Galván-Duque Tamborrel
Mayo de 2002

PIEDAD

Enrique Galván-Duque Tamborrel



En mi soledad, un solo recuerdo:
Angélica, bien mio de la lejana,
y a la vez en los recuerdos tan cercana,
añorada e inolvidable juventud

E.G.D.T.

Con el alma encendida como una luminaria,
y tensa y dulce como una nota de flauta,
en la tarde que declina me llego a tus umbralesa
pedirte piedad.

La luz de tus caricias
me ilumina lejana
con un recuerdo impreciso
de pasadas piedades.

No lágrimas de fuego,
ni lágrimas de nieve,
ni lágrimas exaltadas hasta el delirio.
No es esto lo que voy a pedir.

Ruego al Señor, que al despertar me encuentre
siempre con tu recuerdo,
que sea todo el día en mi alma un aroma
de filial confianza.

Ruego al Señor, que la primera sonrisa de mis labios
sea para ti, como un beso prístino;
y la segunda, y la tercera, y las demás sonrisas
para nuestros hijos y todos nuestros semejantes.

¿Pensarás que te digo que quiera sonreírme
como quien se ha vestido sus ropas por la mañana?
No; que sea sincero; y mi sonrisa sea
la verdad tamizada.

Que mi sonrisa para mi prójimo sea
como la que te ofrendo a ti, por la mañana:
franca, leal, sincera, que semeje
hablar: ¡Si yo pudiera te llevaría aquí dentro...!

Y aún más interna, aún más.
Que me recuerde a ti cuando sonrío
y al prójimo que me cruza sombrío en la calle,
y al cara de lirio, y al serio como un hito.

Diome Dios que al recordarte en el trajín del día
sea tu recuerdo como un plácido aroma
que me levante el pecho en un suspiro:
Gracias, por su recuerdo, Señor.

Diome Dios que al ver a la avispa
caída por el suelo,
y al gorrión en el alero del tejado
refrescándose con la brisa,
y al gusano multiplicando sus curvas,
y al árbol que se va desnudando,
sienta piedad por ellos,
y te eleve los ojos para decirte: ¡apiádate de mi!

Te he pedido piedad con un íntimo anhelo.
No vayas a creerte
que es oración de tópico, de los labios afuera.
--Tú debes sentirlo--.
Es el íntimo y último anhelo de lo que quiero ser.
Porque yo te confieso que no tengo piedad para mi.
Porque tú eres piadosa, porque yo soy tuyo...
--¡Anda, dame piedad!

PESCADOR

Antero Duks



A medida que envejezco me doy cuenta
de que la vida se muerde la cola
y que otros poetas y otros pintores
ya no son competencia alguna.



El desafío es el cielo,el cielo
que todavía quiere ser descifrado,
con todo y que los astrónomos se esfuerzan
por escucharlo con sus inmensos oídos
eléctricos;
el cielo que nos murmura constantemente
los últimos secretos del universo;
el cielo que inhala y exhala
como si fuera el interior de una boca
del cosmos.



El cielo que es también la orilla de la tierra
y la orilla del mar también;
el cielo con sus muchas voces y ningún dios;
el cielo que encierra un mar de sonido
y nos trasmite un eco
como una ola contra un dique.



Poemas completos, diccionarios completos
enrollados en un trueno,
y cada atardecer una pintura abstracta,
y cada nube un libro de sombras
a través del cual vuelan libres
las vocales de las aves a punto de gritar.
Y el cielo está claro para el pescador,
si bien encapotado,



Él lo ve tal cual es:
un espejo del mar
a punto de caerle encima
en su bote de
madera en el horizonte oscuro.



Tenemos que pensar en él como poeta,
frente a frente con la vieja realidad de siempre,
donde no hay pájaros que vuelen antes de la
tormenta.



Y él sabe lo que se le viene,
antes del alba él es su mejor vigía,
escuchando el sonido del universo
y cantando sus avistamientos
de la tierra de los vivos.

QUIMERA

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel

Lo más hermoso de la vida son las ilusiones de la vida. ¿Habrá menguado que a probar nos venga que está la dicha en la ilusión cifrada? Que son nuestras postreras ilusiones iguales en frescura a las primeras.

Ahora es que voy entendiendo por qué conforme se avanza en la vida y se va acercando la hora de la partida al viaje sin regreso, se aclara la mente, y las cosas y circunstancias vividas se ven de otro colar y se analizan desde otra perspectiva. ¿Será que Dios, con su inconmensurable bondad, nos brinda con ello la oportunidad de tranquilizar nuestro espíritu?; quizás sea así, así lo intuyo yo, y por ello hoy, en un momento sublime de mi existencia, pienso y digo: ¡Gracias Dios mío!
Pienso y escribo, escribo y pienso, se prenden muchos focos en la mente, fluyen las ideas y afloran los recuerdos, pero todo ello enmarcado amor, entrega, comprensión y tolerancia, valores que deben ser preponderantes en el transcurso y devenir de nuestra vida, pero que constantemente soslayamos.
Entre todos los pasajes de mi vida, el más sublime, el que está por encima de todos, el que ha moldeado mi existencia; el que aflora constantemente y envuelve mi espíritu en un milagro de amor, en todo lo que integra esa gran pasión del alma de la que Dios nos dotó para poder transitar por la vida con toda sus vicisitudes, fue, es y será mi amor por Angélica y los cuatro retoños con los que Dios lo bendijo.
Ella, Angélica, el tronco de mi vida, la madre de nuestros cuatro amados hijos, ha sido la que ha marcado la pauta de mi largo recorrer por la vida. Me llevan los felices recuerdos, que por ellos he vivido, como feliz realidad ha revivir mi devenir durante los días de inolvidables e inéditas emociones que transcurrieron desde el momento en que la conocí, y me embelesé, hasta que se convirtió en realidad nuestra unión espiritual.
Trasportado espiritual y virtualmente a aquellas semanas, días, horas, momentos...segundos de intensas emociones, escribo y pienso, pienso y escribo, lo que quizás sea mi último poema dedicado a ella. Angustia de un querer, un querer que siento mío, cercano, pero de lo cerca tan lejos; lejano, pero de lo lejos tan cerca.

Eres tú, virgen, llena de gracia,
porque de gracias Dios te formó;
tienen tus ojos color de mar
tiene tu pelo color de sol.

Tienes un tipo muy elegante;
cuerpo de reina, dulce la voz,
y tu epidermis es fina y blanca
más que la nieve del Septentrión
.

Cuando en tus labios, al conocerte,
vi una sonrisa, me pareció
tu dentadura nido de perlas
entre una rosa de Jericó.

Ángel sin alas, que descendiste
de la sagrada linda región,
por ti los cielos vistieron luto,
por ti la tierra se engalanó.

Eres más bella que la esperanza,
más vaporosa que la ilusión;
y donde pones tu pie pequeño,
pone sus labios el casto amor.

Eres la reina de las hermosas,
porque Natura te concedió
tantos hechizos como cabellos
tiene tu pelo color de sol.

Eres más noble que el sacrificio:
interesante más que el pudor;
envidia causas a las mujeres,
pero a los hombres admiración.

Por eso, niña, cuando te canto
mis ilusiones, llorando estoy…
Perdona, virgen, si mis cantares
de tus encantos indignos son.

Para cantarte cual tú mereces,
preciosa esmeralda, quisiera yo
subir al cielo, robar su lira
al increado poeta Dios.


Gran Dios es amor y digno de admiración, así entre los hombres como entre las divinidades, por muchos y diversos motivos; pero, sobre todo, por su origen, porque es el más antiguo de los dioses. Amor es fuego sin arder; una herida que duele sin lamento; un gran contentamiento sin contento; un dolor que maltrata sin doler. Il le faut avouer, l’amour est un grand maître.
¡Salve, divino amor, del hombre vida, fuego dulce y fecundo, deidad amable, que a placer convida por todo el ancho mundo.

El misterioso encanto del primer amor consiste en que ignora que puede acabar cualquier día.



Angeliquita, mi hermosa niña de Dios


Angélica, así de simple. Es la forma de dirigirme y conversar con mi hijita adorada, llamándola simplemente así. Sé que mucha gente no la conoce, o tiene una imagen lejana de ella, quizás demasiado extraña, demasiado equivocada. ¿Cómo puede ser mi hijita extraña al presentarse a otras personas? No, Ella es sencilla, mi pequeña niña inocente, así es para mí. Pero es también lógico que cada uno la vea del modo que su propio corazón indica, con la mirada del alma que todo lo convierte en la expresión humana, si es que nosotros nos dejamos arrebatar por un sentimiento de lástima.
Por un instante, déjenme narrarles cómo es que mi corazón ve a mi hija. De un modo muy particular, la veo de unos siete a ocho años, que es la edad en la que Ella empezó a padecer el mal, el cual apareció como aisladas ausencias que poco a poco fueron minando su desarrollo mental. A tan temprana edad, mi Angélica se presenta ante mi corazón como una hermosa niña, delicada en su mirar, en su caminar, con chispa en su actuar. Destaca su delicado cuello, largo y estilizado para dar cabida al más hermoso rostro que Dios jamás cinceló en criatura alguna. Ella es perfecta, no existe sombra alguna en su actuar, porque Dios la modeló como un regalo sublime a nosotros. Y su belleza sólo es superada por su pureza, su inocencia y su férrea voluntad de no desagradar a Dios que tanto ama.
Cuando veo las imágenes de las distintas presentaciones de la Virgen María a lo largo de los siglos, me quedo con la convicción de que Dios nos dio una hija a imagen y semejanza de María. Mi alma se esfuerza en descubrir la visión verdadera con que mi siempre niña Angélica llegará un día ante el Señor. Esa sonrisa, esas manos siempre en posición de oración, esos ojos iluminados por la fuente de todo el Amor.
María, joven y sonriente, fulgurante estrella de la mañana. Se presenta en mi corazón como una Rosa que se abre derramando su fragancia y frescura, haciendo de mi un ovillo de hilo que se recoge sobre sí mismo, se envuelve pliegue sobre pliegue hasta quedar extasiado mirándola sonreír, llamándome, invitándome a acompañarla en este viaje. Ella nunca se presenta en vano en nuestro corazón, como una madre nunca se acerca a sus hijos sin un profundo deseo de cuidarlos y amarlos.
Angélica, hermosa niña mía, perfecto fruto de la creación en cuerpo y alma. Sólo ella pudo tener la pureza de alma que le dio el mismo Dios. Ella, ante el que el universo mismo de Dios, se hizo pequeñita y vivió nueve meses oculto dentro de su hermosa madre, mi adorada Prietita. Ella, instante tras instante, fue tomando de su sangre todo aquello que necesitó para formar su ser inocente. Así, ella es nuestra niña, el regalo sublime con el que quiso Dios alumbrar nuestra existencia.
Enamorarse de la Virgen María es enamorarse de su Divina Maternidad, de su Inmaculado Corazón, y de su infinita belleza humana también. Así siento tan cercana a mi hijita Angélica, tan vivamente presente en mi vida, que no puedo más que dirigirme a ella como si estuviera a lado de la Virgen María. Ella es compasiva y paciente ante mis demoras en acudir a su mirada, Madre de la Misericordia. Juntos conversamos, compartimos mis pequeñas aventuras humanas, mis decepciones y dolores, mis esperanzas y sueños. Y María, con esa hermosa sonrisa que se funde en mis pupilas, me mira y me invita a levantar los ojos al Cielo con las manos unidas sobre mi pecho. Madre de la oración, Bella Dama del clamor y la plegaria, Omnipotencia Suplicante, Ella nos enseña a ver a través de los Ojos de Aquel que todo lo puede.
Mi Angélica, hermosa y joven Niña de Dios, que enamoraste mi corazón porque sabías que era el modo de abrir la puerta al soplo del Amor Verdadero. Me siento tan feliz y orgulloso de ser tu papá, y al mismo tiempo tan indigno de serlo, que no puedo más que pedirte me ayudes a seguirte en tus deseos, que no son otros que los deseos de Dios. Dame las palabras para que pueda mostrar a mis semejantes lo hermosa y pura que eres. Que puedan descubrirte como la más hermosa y pura mujer que jamás existió, Inmaculada en cuerpo y alma, llena del Espíritu Santo, plena de humildad y fortaleza, escudo que protege y consejo que ilumina. Mi hermosa Angélica, luz de mi vida.


Enrique Galván-Duque Tamborrel

LA HERMANA SOLEDAD

Tienes nombre de hermana mayor,
la que trajina, siempre dulce, en la casa.
La que toma al niño y lo duerme en sus brazos
como a un lindo muñeco de juegos infantiles.
Nombre de hermana. Siempre con el halda esperando
al hermano pequeño que te llama y llora.

Te vistes de silencio
para el dulce reposo del hermano dormido.
El hermano que fue llorando a tu regazo.
Si despierta, floreces de palabras menudas
que no turben el agua que tiemble internamente.

¡Ay, qué silencio el tuyo tan humano y tan bueno!
Curas la herida, y nunca reprochas al herido.
Pide a Dios que a este niño que tienes en tus brazos
Se le vaya puliendo el alma de este modo.

Soledad, tienes el alma de jardín y de estanque.
En tus aguas se puede zambullir con delicia
el alma atribulada.
Y perderse soñando
entre las rosas múltiples de tus cien avenidas.
Y volver siempre intacta.

Te conocí una tarde y te tenía miedo.
Me escondía asustado como una criatura
que ampara su vergüenza en la falda materna.
Ni siquiera veía tu sonrisa serena.

Recuerdo que me diste, como una golosina,
estas palabras: Niño,
soy tu hermana; seremos los dos inseparables.
No te quise creer, y solo deseaba
que te marcharas pronto para poder gritar,
y saber que no estaba solo, y que estabas lejos...

Hoy, Hermana, sonríes recordando estas cosas.
Y no me dices nada.
Yo sé que estoy contigo.
Y no me dices nada.
Y no te lo pregunto.
Y tú no me lo dices.

Tú quieres que me interne por estas galerías
por donde voy sumiso.
Huele a bosque, a silencio; y algo también a yo...
Y a medida que avanza, voy conociendo a todos.¡
Y es que ellos se me van descubriendo a los ojos!
¡Son hermanos! ¡En dónde me aguardabais gozosos...!

Suena la risa clara, discretamente dulce
de la Hermana Sapiente.
Y me va presentando a los hermanos seres
y me olvido de todo como en un nuevo mundo.

Y alguna vez me acuerdo
que un día lejano fui un hombre con orgullo.

Hermanita Mayor, Hermanita Sapiente,
Hermana Soledad,
¡qué cosas me enseñaste!




Para mi hija Elsa,
recordándola siempre con amor.
Rogando a Dios que le dé fortaleza
para que guíe a mi nieta con amor.

Enrique Galván Duque Tamborrel
Septiembre de 2003

LA HERMANITA PIEDRA DEL CAMINO

Angeliquita, hija mía adorada, siempre que se nos presenta un problema, los seres humanos acostumbramos decir, en forma despectiva y molesta, que se nos atravesó una piedra en el camino. Me he preguntado varias veces ¿por qué tenemos que pensar mal de un pedazo de la tierra que nos vio nacer y en donde finalmente reposarán nuestros restos mortales? Entonces pensé escribir algo para esa piedra que mal tratamos, y como en esa eternidad que la acerca al creador está tu imagen pura e inocente, escribí pensando en ti, tú que estás muy cerca de Dios., a ti te lo dedico.

… Y tan humildemente caída en el sendero,
hermanita del polvo y de la brisa nueva
(elegante hermanita de cabecita loca,
adornada de ruidos y de tirabuzones)
ves la senda que corre adelante y atrás,
serpenteando su baile.

¡Y tú quieta en el polvo,
con tus ojos sencillos que se apagan de buenos!
¡Y tú quieta en el polvo, transida de parálisis!

¿Qué pensarás, sencilla, o quizás torturada
por la ortiga humillante de un deseo de pies?
¿Qué pensarás hermana?

Yo iré hasta tu camino perdido entre los prados,
y para recogerte me pondré de rodillas.
Mi hermanita mayor de hace siglos y siglos.
Porque naciste invalida, yo te quiero querer.
Porque naciste buena.



Enrique Galván-Duque Tamborrel
18 de octubre de 2004